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Propaganda digital bélica: la banalización del horror

– Thelma Elena Pérez Álvarez.

Hoy, puede ser factible que la guerra ya no sea percibida como guerra, sino como contenido breve, digerible y emocionalmente programado para circular en nuestros flujos de contenido actualizado en redes y plataformas digitales. Espacios donde atestiguamos el tránsito de la tragedia a la estética, en los cuales se activa lo que Hannah Arendt conceptualizó como la banalidad del mal, o bien la normalización de actos profundamente violentos a partir de su falta de contexto y reflexión crítica.

Esta banalización no se produce únicamente en oficinas burocráticas, como es el caso que Arendt observó durante el juicio a Eichmann, sino en arquitecturas algorítmicas diseñadas para maximizar la atención. La propaganda digital bélica de países como Estados Unidos, Israel, Irán y Francia no solo compite en el terreno militar o diplomático, sino en el ecosistema simbólico de redes sociodigitales como Instagram o plataformas como TikTok, donde la guerra se construye también con inteligencia artificial, se musicaliza y se vuelve narrativa.

En el caso estadounidense, la propaganda bélica se ha sofisticado mediante el storytelling emocional con una combinación de patriotismo, tecnología militar, defensa de valores democráticos y heroicidad en videos que fusionan imágenes de ataques con escenas de películas de Hollywood u otros con estilo de videojuegos en un intento por invisibilizar la violencia estructural que sostienen.

En contraste, la narrativa israelí enfatiza la autodefensa y la utilización de influencers para construir legitimidad. Por su parte, Irán despliega una retórica de resistencia antiimperialista, donde soldados y líderes son estetizados como minifiguras LEGO, y Francia recurre a discursos de intervención humanitaria y estabilidad geopolítica.

El punto de convergencia no es solo ideológico, sino técnico, ya que estas narrativas son diseñadas para plataformas que priorizan la viralidad sobre la veracidad, la emoción sobre la complejidad. Y es aquí donde la teoría de Arendt ratifica su vigencia, porque la banalización del mal implica una forma de desconexión ética y moral facilitada por rutinas que en este caso son digitales y en las cuales, sin alfabetización mediática, la reflexión sobre el contenido bélico que se desliza en las pantallas puede ser más compleja.

En TikTok, por ejemplo, la guerra se presenta en microvideos de 16 a 60 segundos, acompañados de música en tendencia, filtros visuales y narrativas simplificadas. Un bombardeo puede parecer coreografiado; una operación militar, gamificada. En Instagram, los carruseles informativos compiten con reels de estética cinematográfica donde la violencia se convierte en espectáculo. La repetición constante de estas imágenes coopera con un hábito en el que lo extraordinario se vuelve cotidiano.

Desde la antropología audiovisual, este fenómeno puede entenderse como una estetización del conflicto que desactiva su dimensión ética en función de que las imágenes ya no interpelan; entretienen y en ese proceso, se diluye la responsabilidad. Como advertía Arendt, el mal más peligroso no es radical, sino el que se ejecuta sin pensamiento crítico. Hoy, ese pensamiento podría ser desplazado por algoritmos que deciden qué vemos, cuándo y por cuánto tiempo.

En esta perspectiva, las audiencias tenemos el derecho a ser informadas sobre cómo grandes empresas tecnológicas como Meta Platforms (dueña de Instagram, Facebook y WhatsApp) y ByteDance (propietaria de TikTok) vulneran nuestros derechos de manera variada y profundamente estructural. Por ejemplo, al no resolver la tensión entre libertad de expresión y moderación de contenido para determinar el límite entre denuncia legítima y narrativa manipulada.

Igualmente, cuando mantienen la opacidad algorítmica sobre cómo priorizan contenidos bélicos, situación que dificulta evaluar un posible impacto en la percepción pública. Estudios como el de Shixiong Cao y Nan Cao (2025) demuestran que el contenido digital con carga emocional supera significativamente en velocidad y alcance de difusión a otras producciones debido a su capacidad para evocar respuestas emocionales más intensas, independientemente de su veracidad.

También, al no generar acciones de alfabetización mediática global y difunden contenido a partir de un algoritmo que recomienda tanto un contenido bélico como uno de repostería sin contemplar mecanismos para proteger la integridad emocional y cognitiva de las audiencias. Por cierto, algoritmo de recomendación que puede ser explotado para el posicionamiento de narrativas estratégicas. 

La propaganda bélica adaptada a formatos diseñados para captar la atención sin evaluar contextos y consecuencias éticas transforma a la guerra en experiencia estética. Frente a este escenario, animar el pensamiento crítico en un entorno saturado de estímulos es, quizás, una forma contemporánea de resistencia. Porque si algo nos enseñó Hannah Arendt, es que la reflexión puede ser una de las últimas barreras, en este caso, contra la normalización del horror.

Fuentes:

Arendt, H. (213). Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal. Lumen.

Shixiong, C., Cao., Liu, Y., Chen, Q. (2025). Optimizing insigth communication: evaluating the effects of visualization desings in presentig data facts. Communications in information and systems, 25(1), 1-36. 10.4310/CIS.250430213956

Columna publicada el 10 de abril de 2026 en Opinión 51

https://www.opinion51.com/thelma-elena-2604-digital-belica

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